
Cuando era niño, mi concepción de izquierda y derecha se limitaba a si se estaba a favor o en contra de Pinochet, y así fue para muchos. Con el tiempo ese maniqueísmo ha ido cambiando. La izquierda que sufrió los embates de la dictadura hizo su propia reflexión, y cierta derecha ya puede abrazar su identidad sin tener que celebrar los crímenes de la dictadura.
Esa misma tensión entre recordar y avanzar se expresa hoy en la postura del Gobierno. El presidente José Antonio Kast ha optado por no realizar un acto oficial por esta fecha —algo inédito desde el retorno a la democracia—, probablemente por lo que significa para él o para su base más dura de votantes. Se han levantado voces que sostienen que esto ya pasó hace mucho tiempo, que hay que mirar hacia adelante. Sin embargo, no podemos obviar el pasado para construir un mejor mañana. Muchos que aún viven experimentaron el trauma de ese día, y otros, quizás más en su interior, celebran ese día por lo que piensan que pudo haber sido si no hubiera ocurrido. Aún tenemos lecciones que aprender.
Octubre de 2019 nos volvió a sacar al pizarrón. Las tensiones estaban, el conflicto social estaba, la tentación de la violencia estaba; quizás fue el momento en que nuestra democracia se vio más frágil desde su recuperación. Para algunos, las soluciones eran claras. Cada crisis que nuestra joven república había enfrentado se había resuelto con la fuerza. No obstante, esta vez no fue así. Más allá de lo que pasó en los años siguientes, el acuerdo alcanzado en noviembre de 2019 permitió que todas esas energías en disputa, toda esa rabia, desacuerdo y esos sueños, se pudieran encauzar institucional y pacíficamente.
Muchos no quedaron contentos, de un lado y del otro; algunos se bajaron de ese acuerdo. Se habló de cocina, de traición y de apagar el movimiento. En mi mente muy imaginativa, en ese momento se impidió una cicatriz y una huella que habría perdurado por muchos años más. Por medio del diálogo se pudo mantener esa frágil convivencia. Pudo haber derramamiento de sangre, existir más dolores, pasar muchas cosas atroces nuevamente, pero se optó por ceder, por perder ciertas cosas, para lograr encontrarse con el adversario y poner al país por sobre los intereses partidistas.
Quizás, como ha pasado en otros momentos históricos, sea el olvido y la desafección lo que convierta a este día en uno más del calendario en el futuro. No propongo olvidar el dolor ni renunciar a la justicia y la verdad que muchas familias todavía esperan; esa deuda sigue abierta. Pero ese pasado atroz también puede volverse una brújula. Si aprendemos a leerlo sin negarlo ni instrumentalizarlo, nos puede enseñar a detectar a tiempo cuándo la convivencia empieza a quebrarse, y a elegir el encuentro antes que la trinchera. Esa capacidad de aprender del horror, más que el horror mismo, es lo que debe perdurar, y también nos obliga a repensar, sin rencor pero sin amnesia, el debate sobre indultar a quienes fueron condenados por violar derechos humanos.
Ese encuentro y diálogo también nos obliga a mirar lo acontecido sin pasar la página rápidamente, como quien quiere dejar bajo la alfombra sus errores pasados. Hay muchas familias que aún no pueden dar digna sepultura a sus familiares, que aún lloran los dolores y terrores que vivieron. Madres sin hijos, nietos sin abuelos, vecinos sin amigos. Ceder también obliga a dar información sobre lo acontecido, a romper esos secretos que pueden traer un poco más de paz y calma a familias que ya no tienen más lágrimas que llorar. El encuentro, el diálogo y la democracia pueden expresarse en las instituciones, pero emanan de las acciones y las conductas de las personas.
Sólo reconociendo nuestros errores y buscando subsanarlos es que podremos construir un país juntos y, aunque imperfectamente, en armonía.
