Democracia paternalista

Cada cierto tiempo reaparece el mismo argumento. Cuando se cuestiona una política pública por su carácter autoritario o por sus riesgos institucionales, alguien responde que esa discusión es un lujo de quienes no viven la urgencia real. Que vayan a las poblaciones, se dice, y ahí entenderán que el problema no son los conceptos abstractos, sino el miedo cotidiano. Estos días lo repitió el ministro de Seguridad, Martín Arrau, frente a las críticas de «iliberal» y «autoritaria» contra la reforma de seguridad del Gobierno. Emplazó a los «opinólogos» a comprobar en terreno «el grado de libertad» que tienen quienes viven ahí.

Esa idea, aunque bienintencionada, esconde una forma de paternalismo hacia la discusión pública en los sectores populares. Asume que quien vive ahí sólo puede sostener una preocupación a la vez, y que la libertad frente al miedo y la libertad frente al Estado —o la convicción propia y el argumento técnico— son cosas que no pueden pensarse juntas.

Es cierto que muchas personas evalúan las políticas públicas por sus resultados más que por reflexiones abstractas. Sin embargo, eso no es monopolio de quienes vivimos en poblaciones; es transversal a toda la ciudadanía. Reducir al poblador a alguien a quien no le interesan las discusiones de fondo, ni lo que dicen los académicos o lo que aconsejan los técnicos, es, como mínimo, una mirada paternalista sobre los grupos populares.

«Los pobres también queremos ser persuadidos por ideas, no sólo por eslóganes». Compartir en X

Quienes vivimos ahí no somos distintos de otros ciudadanos. Hay de todo. Y eso significa que también hay personas que buscan razones lógicas y técnicas para justificar o rechazar decisiones políticas. Los pobres también queremos ser persuadidos por ideas, no sólo por eslóganes.

Algo parecido ocurre con las fake news. En el plebiscito del 2022, a quienes votaron Rechazo se les explicó su voto como efecto de la desinformación, como si no pudieran tener razones propias, legítimas, para decidir lo que decidieron. Se asume, casi como verdad revelada, que la desinformación sólo derriba a los sectores populares, como si el vecino de un barrio popular fuera un blanco fácil y el resto de la ciudadanía estuviera vacunada contra la mentira por tener más estudios o mejor dirección. Es la misma condescendencia con otro disfraz, la de creer que hay ciudadanos de primera categoría, inmunes a la manipulación por su capital cultural, y ciudadanos de segunda, presa fácil de cualquier cadena de WhatsApp. 

La democracia supone que todos tenemos, en teoría, el mismo valor a la hora de decidir, ya sea que vivamos en un block numerado o en una casona a los pies de un cerro. La gente de barrio también piensa, también duda, también contrasta. No somos una masa que traga frases sin cuestionarlas, ni seres irreflexivos fáciles de manipular. La desinformación no distingue entre block y casona, amenaza a toda la democracia.

Que los políticos argumenten y busquen persuadirnos con mejores razones, no sólo con eslóganes. No somos niños a los que haya que llevar de la mano por el camino de la democracia.

Jean Paul Zamora Romero (Santiago, 1987) es director de Encuentro Democrático y dirigente social. Ha desarrollado su labor en la organización comunitaria, la participación ciudadana y el fortalecimiento de la sociedad civil, integrando y liderando iniciativas desde distintos espacios comunitarios y ciudadanos.

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