La religión de la amistad

Religión de la amistad

Hace algunos días publiqué un reel sobre Miguel Serrano y su concepto de la “religión de la amistad”. Serrano es un personaje incómodo para cualquier simplificación: fue un escritor notable y también un nazi delirante, pero entre las personas que marcaron su trayectoria hubo figuras situadas políticamente en lugares muy distintos, como fue el caso de Héctor Barreto, su gran amigo de juventud, un joven escritor socialista asesinado en 1936 por nacistas chilenos, hecho que lo afectó profundamente y terminó convirtiéndose, para Serrano, en una especie de origen emocional de esa “religión de la amistad”.

La expresión tiene algo excesivo, como casi todo en Serrano, pero también contiene una intuición interesante: la idea de que la amistad verdadera no es solo llevarse bien, compartir opiniones o pertenecer al mismo ambiente, sino una forma de fidelidad capaz de sobrevivir al desacuerdo, algo que no venía de una ética democrática de la tolerancia, sino de algo más antiguo y tribal: la idea de que lealtades personales podían ser sagradas.

El amigo podía equivocarse, cambiar de ideas, pertenecer incluso a un campo político contrario y, sin embargo, seguir siendo amigo; no porque hubiera que aprobar lo que pensaba, sino precisamente porque el vínculo no dependía de pensar igual.

Al terminar el reel pregunté si todavía era posible ser amigo de alguien que pensara completamente distinto, y los comentarios fueron mucho más interesantes que mi video. Algunas personas respondieron inmediatamente que sí: alguien contó que tenía un amigo “facho, misógino y supuesto algo ignorante”, pero remataba con un sincero “es mi amigo”; una buena amiga escritora fue aún más breve y escribió “me casé con uno”. Había humor, pero aparecía una idea bastante clara: querer a alguien no supone aprobar todas sus ideas.

Otros establecían una frontera y decían poder tener amigos de derecha o izquierda, pero no a alguien que justificara una dictadura, la tortura o el racismo. Uno de los comentarios lo planteaba casi como una escala: hay diferencias políticas que pueden convivir con la amistad y hay otras que no son simples opiniones porque comprometen valores fundamentales, y está complicado pensar en quién decide dónde termina una diferencia política y comienza una incompatibilidad moral.

Para algunos, votar por uno u otro candidato ya cruza esa frontera; para otros, la línea está en los derechos humanos, y al mismo tiempo para otros, ni siquiera una posición política extrema destruye el afecto personal.

Entremedio de los comentarios también hubo otra línea de respuesta, bastante presente: simplemente no se puede, porque una amistad necesita compartir ciertos valores y, si dos personas tienen convicciones políticas totalmente diferentes, no podrían coincidir en lo que consideran justo, digno o aceptable.

Ahí apareció el verdadero tema del video, que no era Miguel Serrano, sino qué hacemos con las personas cuando rechazamos sus ideas.

Hoy la conversación pública tiende a convertir muchas diferencias de criterio en juicios morales sobre la persona completa: mi posición ante una elección, una dictadura o  una protesta funciona como prueba de decencia humana, y cuando pensar distinto se interpreta como ser una mala persona, las redes sociales facilitan mucho ese atajo, porque allí conocemos muchas veces primero la etiqueta y después a la persona: “facho”, “zurdo”, “progre”, “libertario”, “comunista”; la clasificación nos permite decidir rápidamente quién pertenece al grupo de los buenos y quién al de los malos, sin tener que mirar la complejidad del otro.

Pero aquí ¿Quién puede tirar la primera piedra con eso?

En la vida real, más linda y menos ordenada, podemos admirar la generosidad de alguien cuyas ideas detestamos, querer mucho a una persona que vota distinto, descubrir lealtad en alguien ideológicamente opuesto y miserable mala onda de alguien que milita en mi piño.

Los afectos humanos son contradictorios, y cuesta mucho aceptar que una persona no se agota en sus creencias, pero ¡ojo!, que esto no significa que todas las ideas sean equivalentes ni que estemos obligados a mantener amistad con cualquiera. Cada persona tiene límites morales y hay posiciones que pueden volver un vínculo inviable, cuando las ideas pasan a justificar el sufrimiento de otros.

 Y ahí aparece la tensión más incómoda: entre la fidelidad hacia alguien concreto y la coherencia con lo que creemos moralmente aceptable, podemos juzgar una idea sin reducir a una persona a esa idea, pero tampoco es siempre posible separar a una persona de aquello que defiende.

Serrano llevó esa separación a un extremo y así es como una de las defensas más radicales del afecto por encima de la grieta política viene de un aberrante nazi muerto. Su “religión de la amistad” proponía una fidelidad capaz de sobrevivir a trincheras ideológicas y, en el caso de Barreto, incluso a la muerte.

No sé si necesitamos llegar tan lejos, pero después de leer los comentarios del reel me quedó una impresión: en una sociedad polarizada una de las cosas más difíciles no es aprender a estar de acuerdo, porque para eso ya tenemos partidos, movimientos, comunidades y cómodas cajas de resonancia; lo difícil es conservar algún vínculo cuando no estamos de acuerdo, ¿muy obvio? Quizás, pero siempre fácil de olvidar.

Y tal vez ahí haya una pequeña virtud democrática, provocada irónicamente por el concepto de un olvidado escritor fascista: poder mirar a alguien y pensar, al mismo tiempo, que está profundamente equivocado y que sigue siendo nuestro amigo.

Quizás hay ideas que hacen imposible esa convivencia, quizás si se puede.

Yo no estoy tan seguro.

Uriel González es administrador público y coordinador ejecutivo de la iniciativa ecologista En Modo Verde. Con trayectoria en articulación público-privada y sostenibilidad, ha participado en redes medioambientales internacionales como The Oxygen Project y Planeteer Alliance. Forma parte de la primera generación del programa Más para Chile (2025), orientado a liderazgos emergentes.

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